Semaine #05 : La technologie et Hermeto

De chico, cuando me enfermaba, mi vieja siempre me compraba revistas y libros para que me entretuviera mientras no podía salir de la cama.
Así fue que llegó a mis manos ese libro que se llamaba « La era de la comunicación ». Un libro ameno para el niño ávido de información. Dentro de sus tapas duras y con más ilustraciones que textos, el susodicho contaba un poco la historia de los métodos de comunicación y sus funcionamientos. Desde el inicio hasta la época. Y en el último capítulo, lo que más me llamaba la atención, una visión del futuro: un dibujo de una persona sentada en un sillón de diseño, que hablaba con otra persona – que estaría en otra parte del mundo – a través de una pantalla. Como en las películas de ciencia ficción. Y nosotros en casa todavía no teníamos teléfono.
Durante los años 1982 y 1983 las cosas cambiarían radicalmente. Argentina se rendía en una guerra estúpida en la cual habían muerto un montón de pendejos de 18 años, la dictadura militar se veía obligada a ordenar la retirada, la selección nacional quedaba descalificada en el campeonato mundial de España y en casa llegaba el teléfono.
Después la democracia, el secundario. Y ahí me veo en la casa del Tanito Bevacqua, frente a una Commodore 128, jugando a los video juegos. Agarrando con la mayor de las delicadezas ese joystick, como si fuera de papel de arroz. cinco minutos duró esa primera experiencia mano a mano con la tecnología. Después que la máquina me dijo Game Over, no quise volver a jugar. Tenía mucho miedo de cagarla. Y esas cosas eran carísimas.
De vuelta en casa, durante una comida, comenté el hecho de que el Tano tenía una Commodore. No obtuve ni la más mínima respuesta al respecto. Como si no hubiera hablado. Era obvio. Hacia muy poco tiempo que habíamos cambiado el televisor blanco y negro por uno de color. Ya no estábamos en situación de más modernización hogareña.
La escuela pública trataba de cubrir este agujero en nuestro saber, de solucionar esta ignorancia tecnológica, impartiendo un curso obligatorio de mecanografía. Durante dos horas a la semana, 35 adolescentes argentinos luchábamos por romper la velocidad de 60 palabras por minuto, contra unas máquinas de escribir Remington, versión beta, que debe haber traído Sarmiento cuando fue presidente de la Argentina por los años 1860.
Todos sabíamos muy bien que del otro lado de la puerta, allá en el mundo real, estaba el presente: las máquinas de escribir eléctricas, las IBM, las Atari.
Fue a principios de la década de los ’90 cuando logré hacer contacto más fluido con las computadoras. Estaba en la facultad de Ciencias Económicas estudiando para Contador Público. Una carrera horrible para hacer un trabajo horroroso por el resto de tu vida, con el cual se suponía que podías hacer un buen billete. Miles de estudiantes quemándose las pestañas por un fin tan noble. Todos queriendo ser competitivos para entrar en el mercado laboral regido por las nuevas políticas neoliberales impuestas en el país. Pero para esto había que actualizarse. Y actualizarse era saber manejar una computadora. Con este objetivo, pero más por un alto grado de curiosidad, me inscribí en los cursos que dictaba el Centro de Estudiantes de la facultad.
El primero: DOS. El segundo: Lotus Básico.
Como no tenía PC en casa, detuve de golpe mi alfabetización cibernética porque no tenía manera de practicar este nuevo lenguaje. Tampoco había entendido un pomo de Lotus. Ni de cómo funcionaba, ni de por qué funcionaba. Además, el último año, mientras cursaba materias como Derecho Laboral o Impuestos I, en vez de tomar apuntes de las clases, hacía mis ejercicios de armonía. No tenía caso continuar.
Mudé mis inquietudes estudiantiles hacia la Escuela de Música Popular de Avellaneda. Al principio hubo una pausa. Estaba más preocupado en meter bien los dedos sobre la guitarra que sobre el teclado de una PC. Salvo un acercamiento para chusmear alguna que otra pedalera de efectos, mi vida transcurría entre cuerdas, hojas pentagramadas, lápices, cassettes y fotocopias de libros de música. Lo que se dice: analógico.
Luego, Claudio Ceccoli me pasó una vieja AT con monitor color ámbar, Windows 3.1, disco rígido de 20MB, disquetera floppy de 5,25 » y un primitivo Cakewalk.
Esa vieja máquina fue el debut de mi perdición por todo estos tipos de aparatos. Ahí compuse, escribí y escuché con un sonido horripilante de 8 bits « Irresponsabilidad ilimitada ».
Más tarde, pidiendo plata prestada, compré una Pentium II con Windows 95, monitor color, la posibilidad de grabar audio con la tarjeta de sonido Sound Blaster y una grabadora de cd’s. Era el más moderno del barrio.
Cakewalk, Soundforge y Cool Edit Pro eran los íconos próceres en el escritorio.
Con Agustín Ronconi editamos el primer disco de Arbolito. Jorge Retamoza cayó en casa con un cassette de viejas grabaciones de Rovira para pasarlas a cd. Mi amigo entrañable Fernando « Perro » Giardini grabó en un MiniDisc su disco solista de guitarra, que luego editamos y replicamos en casa. El Pilu Camacho hacía sus compilaciones de bases de temas en cd para laburar.
Después vino todo el resto: Windows 98, USB, Firewire, Mac, etcétera, etcétera, etcétera.
Pero de esa primera etapa, recuerdo la vez que Hermeto Pascoal visitó la escuela de música. Para todos los que estuvimos presente, esa hora con uno de los músicos más grosos de la historia fue emocionante. Nos mostró material, nos explicó como armonizaba, improvisó solo y acompañado por algunos profesores de la escuela y compuso un tema que dedicó a la escuela. Y todo eso fue grabado por Omar Amendolara que oficiaba de sonidista para la ocasión. Días después me pasó una copia de los cassettes para que los baje a cd.
Yo no sé si hay mucha gente que tenga este material. No tiene muy buena calidad. Pero es Hermeto, fresquito. De entrecasa.
Lo pongo a disposición de todos, para que no se pierda, para que aquellos que estuvieron tengan el souvenir y los que no, lo sumen a su colección, pero, especialmente, para aclarar que la próxima compra de material tecnológico de punta que haga no va a ser plata tirada si no una inversión para el futuro cultural del mundo.
Lorsque j’étais petit et tombais malade, ma mère m’achetait toujours des bandes dessinées et des livres pour me passer le temps quand je ne pouvais pas sortir du lit.
C’est ainsi qu’est arrivé entre mes mains ce livre intitulé « L’Ère de la Communication ». Livre facile à lire pour un enfant assoiffé d’information. À l’intérieur de sa couverture rigide, comportant plus d’illustrations que de textes, il racontait un peu l’histoire des modes de communication et leurs fonctionnements. Depuis le début jusqu’à cette époque-là. Et dans le dernier chapitre, ce qui attirait le plus mon attention, une vision du futur : le dessin d’une personne assise sur un fauteuil design parlant avec une autre personne – qui se trouvait dans une autre partie du monde – à travers un écran. Comme dans les films de science-fiction. Et nous, nous n’avions pas encore le téléphone à la maison.
Au cours des années 1982 et 1983, les choses allaient changer radicalement. L’Argentine allait se rendre après une guerre stupide dans laquelle allaient mourir un tas de gamins de 18 ans, la dictature militaire se verrait obligée de donner l’ordre de se retirer, la sélection nationale allait être disqualifiée dans la coupe du monde d’Espagne, et à la maison, le téléphone allait arriver.
Puis la démocratie, le secondaire. Et je me retrouve chez le « Tanito » Bevacqua, face à un Commodore 128, à jouer à des jeux vidéo. Saisissant le joystick avec la plus grande délicatesse, comme si c’était du papier de riz. Cette première expérience en face à face avec la technologie dura cinq minutes. Après que la machine m’eut dit Game Over, je n’ai pas voulu rejouer. J’avais très peur de la péter. Et ces choses-là coûtaient très cher.
De retour à la maison, pendant un repas, j’ai lancé que le « Tano » avait un Commodore. Je n’ai pas reçu le moindre commentaire à ce propos. Comme si je n’avais pas parlé. C’était évident. Nous venions tout juste de changer la télévision noir et blanc pour une en couleurs. Nous n’étions pas en mesure de poursuivre la modernisation du foyer.
L’enseignement public essayait de combler ce trou dans notre savoir, d’apporter une solution à cette ignorance technologique, en nous dispensant un cours obligatoire de mécanographie. Deux heures par semaine, nous étions 35 adolescents argentins à lutter pour atteindre la vitesse de 60 mots à la minute contre des machines à écrire Remington, version bêta, probablement apportées par Sarmiento lorsqu’il fut président de l’Argentine dans les années 1860.
Nous savions tous très bien que de l’autre côté de la porte, là-bas, dans le monde réel, il y avait le présent : les machines à écrire électriques, les IBM, les Atari.
C’est au début des années 90 que j’ai réussi à établir un contact plus fluide avec les ordinateurs. J’étudiais à la faculté de Sciences Économiques pour devenir expert-comptable. Un cursus horrible pour faire un travail horrible pour le restant de sa vie, avec lequel on était supposés bien se remplir les poches. Des milliers d’étudiants qui se crevaient les yeux dans un but si noble. Tous voulant être compétitifs pour entrer sur le marché du travail régi par les nouvelles politiques néolibérales imposées dans le pays. Mais pour cela, il fallait s’actualiser. Et s’actualiser, c’était savoir utiliser un ordinateur. Dans cet objectif, mais plus par grande curiosité, je me suis inscrit aux cours donnés par le Centre des Étudiants de l’université (syndicats d’étudiants aux grands pouvoirs politique et économique).
Le premier : DOS. Le second : bases du Lotus.
Comme je n’avais pas de PC à la maison, j’ai soudain arrêté mon alphabétisation cybernétique, car je n’avais pas de moyen de travailler ce nouveau langage. Et puis, j’avais rien pigé au Lotus. Ni à son fonctionnement, ni au pourquoi de son fonctionnement. De plus, la dernière année, alors que j’étais en cours de Droit du Travail ou d’Impôts I, au lieu de prendre des notes je faisais mes exercices d’harmonie. Ça n’avait aucun sens de continuer.
J’ai déménagé mes inquiétudes étudiantes à la Escuela de Música Popular de Avellaneda. Au début, il y eut une pause. Je me souciais plus de bien mettre mes doigts sur la guitare que sur le clavier d’un PC. À part un rapprochement pour lorgner quelque pédalier d’effets, ma vie se déroulait entre cordes, portées, crayons, cassettes et photocopies de livres de musique. Ce qu’on appelle : analogique.
Plus tard, Claudio Ceccoli m’a passé un AT avec moniteur couleur ambre, Windows 3.1, disque dur de 20 MB, lecteur disquette floppy 5,25″ et Cakewalk primitif.
Cette vieille machine fut le début de ma perdition pour tous ces types d’appareils. C’est sur cela que j’ai composé, écrit et écouté, avec un son 8 bits horripilant, « Irresponsabilidad ilimitada ».
Puis, en me faisant prêter de l’argent, j’ai acheté un Pentium II avec Windows 95, moniteur couleur, possibilité d’enregistrer de l’audio avec la carte son Sound Blaster et graveur de CD. J’étais le plus moderne du quartier.
Cakewalk, Soundforge et Cool Edit Pro étaient les icônes maîtres sur le bureau.
Avec Agustín Ronconi, nous avons édité le premier disque d’Arbolito. Jorge Retamoza a débarqué à la maison avec une cassette de vieux enregistrements de Rovira pour les mettre sur CD. Mon grand ami Fernando « Perro » Giardini enregistra sur un MiniDisc son disque soliste de guitare, que nous avons ensuite édité et dupliqué chez moi. Le « Pilu » Camacho faisait ses compilations de bases de thèmes sur CD pour travailler.
Et puis tout le reste est arrivé : Windows 98, USB, Firewire, Mac, etc., etc., etc.
Mais de cette première étape, j’ai le souvenir de cette fois où Hermeto Pascoal a visité l’école de musique. Pour nous tous qui étions présents, cette heure passée avec un des plus grands musiciens de l’histoire fut émouvante. Il nous a montré du matériel, nous a expliqué comment il harmonisait, a improvisé seul, accompagné par certains professeurs de l’école et a composé un thème dédié à l’école. Tout ceci fut enregistré par Omar Amendolara, qui faisait office de sonorisateur pour l’occasion. Quelques jours plus tard, il m’a donné une copie des cassettes pour que je les mette sur CD.
Je ne sais pas si beaucoup de personnes ont ce matériel. Il n’est pas de très bonne qualité audio. Mais c’est Hermeto, tout frais. Comme à la maison.
Je le mets à disposition de tous, pour qu’il ne se perde pas, pour que ceux qui étaient présents aient un souvenir et que les autres l’ajoutent à leur collection, mais, spécialement, pour clarifier le fait que le prochain achat de matériel technologique de pointe que je ferai ne sera pas de l’argent dilapidé, mais un investissement pour l’avenir culturel du monde.