Semaine #06 : ¡Representativo las tarlipes!

Durante la última dictadura militar en la Argentina mi vieja vivió cagada en las patas.

Había empezado a militar en el peronismo en los años ’60 junto a quién sería mi padre y ambos fueron dirigentes importantes en la militancia estudiantil de Bahía Blanca. Como fans adolescentes de un grupo de rock, servicios de inteligencia del ejército y la policía coleccionaban fotos y datos de ellos.
A causa de mi aparición en sus vidas y la de ciertos personajes oscuros en la política, la militancia la fueron dejando de lado. Pero ya tenían un lindo prontuario.

A partir del 24 de marzo de 1976, por miedo, dejamos de ser nosotros. Ella usaba el apellido de su segundo marido, ya que mi padre había muerto en un accidente en el ’72, y yo pasé a ser el hijo del doctor.
Era pibe y, a pesar de que sentía que algo no estaba bien, no era consciente de la realidad. Así que ayudé mucho a que mi pobre viejecita sufriera más.
En esa época, yendo por la calle, siempre cruzabas algún camión del ejército lleno de colimbas. Y cuando los veía empezaba a los gritos: – Mirá, mamá: los soldados, mientras miraba maravillado los cascos y las armas. Entiendan, todavía no existían las Playstations y en la tele pasaban Tarzán, Los tres chiflados, Meteoro y Astroboy. Nada de Rambos ni Terminators. Mi vieja, que no quería llamar la atención de ninguna manera y menos frente a los milicos, me pateaba, pellizcaba o tiraba del pelo para que cerrara mi bocaza, lo cual generaba más escándalo de mi parte.
Recuerdo muy bien cuando los muchachos de verde cayeron al barrio a buscar a un vecino. Mi vieja se puso pálida. Bajó las persianas y con las luces apagadas empezó a espiar por un hueco de la ventana de nuestro departamento ubicado en un cuarto piso.
Obviamente yo quise espiar también pero me fletó. Rompí las pelotas hasta que me dejó a condición de mantenerme calladito y quietito.
Desde mi posición de arrodillado en la trinchera hogareña pude ver cómo iluminaban a Domínguez, un vecino del edificio de enfrente que estaba pintando en su departamento subido a una escalera con todas las ventanas abiertas, y escuchar cómo le ordenaban que se metiera adentro. También pude ver cómo entraban a otro departamento, daban unas vueltas y, un rato después, salían sin nadie y se iban. Nunca obtuve respuesta al preguntar qué pasaba. Sólo un simple « nada, nada » no muy convincente.
Años más tarde recordando con mis amigos esa noche, me enteré que se habían equivocado de departamento y que el vecino buscado, el Loco López, se había escabullido milagrosamente. Sólo habían logrado despertar a uno que estaba durmiendo una siesta.
Los domingos de invierno cuando había sol, mi vieja daba una serie de órdenes y salíamos disparando a dar una vuelta en el Falcon modelo ’65. No importaba por dónde. Sólo importaba que hubiera sol. Así fue que, paseando en coche por el centro de Buenos Aires, pasamos frente al Congreso, un enorme y bonito edificio como todos los parlamentos del mundo, donde pregunté:
– Ma, ¿qué es este edificio?
– El Congreso.
Y la frase matadora: – ¿Para qué sirve?
Se miraron con mi viejo. Improvisaron alguna explicación sin mucho sentido. Yo dije que no entendía e inmediatamente pegamos media vuelta y volvimos a casa sin decir nada más. Les nublé el domingo de sol.
Pero la más dura fue aquella vez que orgulloso fui a contarle a mi madre la decisión que había tomado para mi futuro. Los chicos de mi edad generalmente decían que querían ser policías, o bomberos, o astronautas, cuando fueran grandes. Yo había hecho un análisis profundo de la historia argentina a partir de lo que me dijeron en la escuela y de lo que había chusmeado en los libros que habían en la biblioteca de casa. Muchos hombres importantes, que dirigieron o hicieron grandes cosas por el país, fueron militares: Avellaneda, Roca, Rivadavia. El más importante: el General San Martín. Había otro que iba a volver en cualquier momento según decían las pintadas en la pared: el General Perón. Y estaba el que era presidente en ese momento: el General Videla (No puedo reprimir la sensación de asco y odio cuando escribo su nombre). Lo tenía decidido y se lo conté:
– Mamá, cuando sea grande quiero ser militar.
Mi vieja me miró asombrada, con la boca abierta después de pronunciar un « ¿Por qué? » angustiado.
– Por que quiero ser Presidente de la Argentina.
Después de llorar, tomarse una botella de whisky y bajarse una caja de pastillas de no se qué medicamento, se sentó frente a mí y empezó a explicarme detalladamente todo eso de lo que me habían hablado en la escuela y que nunca había entendido (Claro, ¿cómo iba a entender « votar », « poder legislativo », « diputados », « senadores », si no existían? Es como cuando quisieron explicarme lo de Dios) y a contarme, en versión light, qué sucedía en el país. Algo que tenía que ser un secreto entre nosotros y que no debía contarle a nadie.
Durante mi último año en la primaria empezó la campaña política para la elección de la cuál saldría electo presidente Raúl Alfonsín y que marcaría la vuelta a la democracia. Salía a las 5 de la tarde de la escuela, cruzaba la avenida Mitre y ahí, en la plaza de Avellaneda, estaban las mesas de todos los partidos políticos. La gente se paraba para preguntar, discutir, opinar. Con mis compañeros mangueábamos las calcomanías de los diferentes partidos que después pegábamos en nuestras carpetas. Peleábamos entre nosotros para ver que fuerza política iba a ganar, como si estuviéramos hablando de un partido de fútbol.
Se sentía como si fuera la primavera. Estábamos contentos. Teníamos ilusiones.
Después nos dimos cuenta, aunque queramos engañarnos, que todo es una mentira. Como cuando ves una postal de algún lugar turístico, hermoso, con playas blancas, llenas de sol y de chicas lindas en malla. Y decidís tomar tus próximas vacaciones en ese paraíso. Pero cuando llegás es una ciudad enorme donde es imposible estacionarse, lleno de turistas, las playas abarrotadas de basura, todo es carísimo, el agua del mar es fría, el banderín del guardavidas siempre indica que está prohibido bañarse porque el mar está peligroso y, además, llueve.
Muchos dijeron, y dicen, de volver a la dictadura porque « estábamos mejor », o « acá hace falta mano dura ». Otros, especialmente los políticos, empezaron con el discurso de que la democracia quizás no es el mejor sistema, pero es lo menos malo. Y así fue como empezamos a votar, no a lo que nos representa, ya que no existe, si no a lo que aparenta ser lo menos perjudicial.
Al principio pensé que era otro mal que aquejaba a mi país, pero viviendo en Francia me di cuenta que se sufre en otras partes también. En Argentina, aunque el gobierno se jacte de haber sido votado por el 54%, muchos votaron a Cristina para que no gane Duhalde. En Francia se votó a Hollande para que no gane Sarkozy. En EEUU, se prefirió a Obama antes que a Romney. Se podría decir que en Argentina vivimos como en el primer mundo: jodidos.
Hemos llegado a la situación de que en países, como España o Grecia, que están en crisis, se vote a la derecha para que dirijan los destinos del país. Yo me pregunto, y no logro responderme, ¿cómo es posible que, ante el problema de que desaparecen las ovejas, se pueda elegir como remedio poner al lobo para cuidarlas?

Si nos fijamos en la Real Academia Española podemos encontrar que democracia, del griego δημοκρατία, femenino, es una doctrina política favorable a la intervención del pueblo en el gobierno o el predominio del pueblo en el gobierno político de un Estado. Que surge de la combinación de las palabras griegas – continuando con la calificada definición de la RAE – demo, que significa « pueblo », y kratos que indica « dominio » o « poder ».
Todos sabemos que en la Antigua Grecia el concepto de pueblo no era el mismo. Pero que, felizmente, la actual definición de pueblo, que viene del latín popŭlus, es, entre otras, conjunto de personas de un lugar, región o país. O también, gente común y humilde de una población.
Ahora, ¿el concepto de democracia se ha modernizado o sigue la versión 1.0 de la Antigua Grecia?
Todo esto fue una introducción para darle lugar a un dibujo que expresa mi opinión del sistema democrático al cual venden como representativo:

Pendant la dernière dictature militaire en Argentine, ma mère a vécu la trouille au ventre.

Elle avait commencé à militer dans le péronisme dans les années 60 aux côtés de celui qui deviendrait mon père, et tous deux furent des dirigeants importants du militantisme étudiant de Bahía Blanca. Tels des adolescents fans d’un groupe de rock, les services d’intelligence de l’armée et la police collectionnaient des photos et des renseignements sur eux.
À cause de mon apparition dans leurs vies et de celle de certains personnages obscurs dans la politique, ils ont peu à peu laissé le militantisme de côté. Mais ils étaient déjà joliment fichés.

À partir du 24 mars 1976, par peur, nous avons arrêté d’être nous. Elle utilisait le nom de son deuxième mari, car mon père était mort dans un accident en 72, et moi, je suis devenu le fils du docteur.
J’étais gamin et, même si je sentais que quelque chose n’allait pas bien, je n’avais pas conscience de la réalité. Ainsi, j’ai beaucoup aidé à ce que ma pauvre petite mère souffre encore plus.
À cette époque, quand on marchait dans la rue, on croisait toujours quelque camion de l’armée plein de bidasses. Et quand je les voyais, je me mettais à crier : – Regarde maman, les soldats !, tout en regardant émerveillé les casques et les armes. Comprenez, les PlayStations n’existaient pas encore et à la télé, ils passaient Tarzan, Les trois Stooges, Speed Racer et Astro Boy. Pas de Rambos ni de Terminators. Ma mère, qui ne voulait en aucun cas attirer l’attention et encore moins celle des militaires, me donnait des coups de pieds, me pinçait ou me tirait les cheveux pour que je ferme la bouche, ce qui ne faisait qu’amplifier mon scandale.
Je me rappelle très bien le soir où les gars en vert ont débarqué dans le quartier pour chercher un voisin. Ma mère a pâli. Elle a baissé les stores et, lumières éteintes, a commencé à épier par un trou de la fenêtre de notre appartement situé au quatrième étage.
Bien sûr, moi aussi j’ai voulu épier, mais elle m’a viré. Je lui ai cassé les couilles jusqu’à ce qu’elle me laisse, mais à la condition de me taire et de ne pas bouger.
Depuis ma position, agenouillé dans la tranchée du foyer, j’ai pu voir comment ils braquaient les lumières sur Domínguez, un voisin du bâtiment d’en face qui était en train de peindre son appartement en haut d’un escabeau toutes fenêtres ouvertes, et les écouter lui donner l’ordre de se rentrer. J’ai également pu voir comment ils entraient dans un autre appartement, faisaient un tour et, un peu plus tard, en ressortaient sans personne et s’en allaient. Je n’ai jamais reçu de réponse lorsque je demandais ce qui se passait. Juste un simple « Rien, rien » pas très convaincant.
Des années plus tard, remémorant cette soirée avec des amis, j’ai appris qu’ils s’étaient trompés d’appartement et que le voisin recherché, López « le Fou », s’était miraculeusement éclipsé. Ils avaient seulement réussi à réveiller un homme qui faisait la sieste.
Les dimanches d’hiver ensoleillés, ma mère donnait une série d’ordres et nous sortions dare-dare faire un tour dans la Falcon modèle 65. Peu importait où. La seule chose qui importait, c’est qu’il y avait du soleil. C’est ainsi que, nous promenant en voiture dans le centre de Buenos Aires, nous sommes passés en face du Congreso (palais du Congrès), bâtiment énorme et beau comme tous les parlements du monde, où j’ai demandé :
– M’an, c’est quoi ce bâtiment ?
– Le Congreso.
Et la phrase qui tue : – Ça sert à quoi ?
Mes vieux se sont regardés. Ils ont improvisé une explication sans trop de sens. J’ai dit que je ne comprenais pas et nous avons immédiatement fait demi-tour et sommes rentrés à la maison sans rien dire de plus. J’ai assombri leur dimanche ensoleillé.
Mais le coup le plus dur, ce fut cette fois où, tout fier, j’ai annoncé à ma mère la décision que j’avais prise pour mon avenir. Les garçons de mon âge disaient en général qu’ils voulaient devenir policiers, ou pompiers, ou astronautes quand ils seraient grands. Moi, j’avais fait une analyse profonde de l’histoire argentine à partir de ce qu’on m’avait dit à l’école et de ce que j’avais zieuté dans les livres qu’il y avait dans la bibliothèque de la maison. De nombreux hommes importants, qui dirigèrent ou firent de grandes choses pour le pays, furent militaires : Avellaneda, Roca, Rivadavia. Le plus important : le Général San Martín. Il y en avait un autre qui allait revenir à tout moment, selon ce que disaient les graffitis sur les murs : le Général Perón. Il y avait aussi celui qui était président à cette époque-là : le Général Videla (je ne peux retenir cette sensation de dégoût et de haine lorsque j’écris son nom). C’était décidé et je le lui ai dit :
– Maman, quand je serai grand, je veux être militaire.
Ma mère m’a regardé, stupéfaite, restant bouche bée après avoir prononcé un « Pourquoi ? » angoissé.
– Parce que je veux être Président d’Argentine.
Après voir pleuré, descendu une bouteille de whisky et avalé une boîte de je ne sais quels cachets, elle s’est assise face à moi et a commencé à m’expliquer en détail tout ce dont on m’avait parlé à l’école et que je n’avais jamais compris (évidemment, comment allais-je comprendre « voter », « pouvoir législatif », « députés », « sénateurs », puisque ça n’existait pas ? C’est comme quand on a voulu m’expliquer cette histoire de Dieu) et à me raconter, en version light, ce qui était en train d’arriver au pays. Quelque chose qui devait rester secret entre nous et que je ne devais raconter à personne.
Pendant ma dernière année d’école primaire, a commencé la campagne politique pour l’élection de celui qui allait être élu président, Raúl Alfonsín, et qui allait marquer le retour à la démocratie. Je sortais de l’école à 17 h, je traversais l’avenue Mitre et là, sur la place d’Avellaneda, se trouvaient les stands de tous les partis politiques. Les gens s’arrêtaient pour poser des questions, discuter, donner leur avis. Avec mes camarades, on quémandait les autocollants des différents partis qu’on collait ensuite sur nos classeurs. On se chamaillait pour voir quelle force politique allait gagner, comme si on parlait d’un match de foot.
Ça sentait le printemps. Nous étions contents. Nous avions des illusions.
Puis nous nous sommes rendu compte, bien que nous voulions nous cacher la vérité, que tout n’était qu’un mensonge. Comme quand tu vois une carte postale d’un site touristique, beau, avec des plages blanches, pleines de soleil et de jolies filles en maillot de bain. Et que tu décides de prendre tes prochaines vacances dans ce paradis. Mais quand tu arrives, c’est une ville énorme où il est impossible de se garer, pleine de touristes, les plages sont bondées d’ordures, tout est très cher, la mer est froide, le pavillon des surveillants de plage indique toujours que la baignade est interdite parce que la mer est dangereuse et, en plus, il pleut.
Beaucoup ont dit, et disent toujours, qu’il faut revenir à la dictature car « on était mieux », ou « ici, il faut une main dure ». D’autres, particulièrement les hommes politiques, ont commencé le discours selon lequel la démocratie n’est peut-être pas le meilleur système, mais c’est le moins mauvais. Et c’est ainsi que nous avons commencé à voter, pas pour ce qui nous représente, puisque ça n’existe pas, mais pour ce qui nous semble le moins nuisible.
Au début, j’ai pensé que c’était un autre mal qui atteignait mon pays, mais de vivre en France, je me suis rendu compte que d’autres endroits en souffrent également. En Argentine, bien que le gouvernement se vante d’avoir obtenu 54 % des voix, beaucoup ont voté Cristina pour que ce ne soit pas Duhalde qui gagne. En France, on a voté Hollande pour que Sarkozy ne passe pas. Aux États-Unis, on a préféré Obama à Romney. On pourrait dire qu’en Argentine, nous vivons comme dans le premier monde : on est foutus.
Nous sommes arrivés à la situation où dans des pays, comme l’Espagne ou la Grèce, qui sont en crise, on vote à droite pour qu’elle dirige le destin du pays. Je me demande, et je n’arrive pas à me répondre : comment est-il possible que, face au problème de la disparition des brebis, l’on puisse choisir comme antidote de les faire surveiller par le loup ?

Si l’on consulte la Real Academia Española, on trouve que démocratie, du grec δημοκρατία, féminin, est une doctrine politique favorable à l’intervention du peuple dans le gouvernement ou la prédominance du peuple dans le gouvernement politique d’un État. Qui provient de la combinaison des mots grecs – pour continuer avec la définition qualifiée de la RAE – dêmos, qui signifie « peuple », et kratos, « domination » ou « pouvoir ».
Nous savons tous que dans la Grèce antique, le concept de peuple n’était pas le même. Mais que, heureusement, la définition actuelle de peuple, qui vient du latin popŭlus, est, entre autres, l’ensemble des personnes d’un lieu, région ou pays. Ou bien, les personnes ordinaires et humbles d’une population.
Alors, le concept de démocratie s’est-il modernisé ou bien la version 1.0 de la Grèce antique est-elle toujours en vigueur ?
Tout ceci fut une introduction pour faire place à un dessin qui exprime mon opinion sur le système démocratique qu’on nous vend comme représentatif :