Semaine #08 – Nos diferenciamos por lo parecido.

Si una persona cualquiera decide, o debe imperiosamente, irse a vivir a un país de habla diferente, lo primero que debe hacer es adquirir un amplio glosario de malas palabras y conocer su utilización. Luego, hay que esmerarse en pronunciar correctamente en la lengua que corresponda palabras como « comida », « vino », « cerveza », « no entiendo » y alguna que otra más. El resto, con una sonrisa y un montón de señas se soluciona. Si tiene la suerte de ser originario de algún país angloparlante, hispanoparlante o francoparlante, tiene el camino allanado hacia la felicidad: siempre, hasta en los lugares más remotos, va a encontrar a alguien que estudió su lengua o que tiene familiares del mismo origen o, por lo menos, parecido. Ahora, si maneja la lengua alemana o coreana, ya empieza a complicarse. Chino, sólo para hacer las compras en los supermercaditos de Argentina. Serbio o checoslovaco, mejor quédese en casa o tome algún curso de idiomas por correspondencia.
La etapa siguiente es aprender las costumbres del lugar. Por ejemplo, si usted está manejando un automóvil por alguna callecita monona de Francia y se topa con un semáforo en luz roja: deténgase inmediatamente, no lo dude un microsegundo. Si ocurre lo mismo en Pergamino, mire hacia todos los lados y si no intuye la posibilidad de existencia de algún agente del orden, continúe, previamente habiéndose asegurado de no colisionar con otro vehículo. En Italia, asegúrese usted de no ser colisionado por otro. En Avellaneda, acelere a fondo y no se detenga ante nada.
Situaciones cotidianas a tener en cuenta, como ésta que acabo de ejemplificar, hay miles. Conocer o reconocer las sutiles diferencias de costumbres es importante. Recuerde que existe un mundo a descubrir después de los límites de Puente Crucecita o de Enval.
En una ocasión, estando en Francia – mire que estupidez voy a contarle, pero lo importante que es estar alerta – fui invitado a cenar a una casa de familia. No seriamos más de siete.
En un momento de la cena sirvieron ensalada. Hojas de lechuga sin ningún condimento. Previsor, relojeé (se escribe así según la RAE) que hacían los otros comensales. Cuando llegó la ensaladera a mis manos hice igual que los demás, como si lo mío, desde mi más tierna infancia, fuera comer pasto cual conejo que, rostro al viento, retoza libre por los verdes prados.
Puse cuatro hojas en el plato y corté meticulosamente en forma perpendicular. Sin poder ni siquiera pestañear, el dueño de casa me tomo por sorpresa ofreciéndome un pocillo de cafe lleno de vinagreta, un aderezo compuesto de aceite, vinagre y mostaza que alguna vez había cruzado formando parte de la cena en un viaje en avión y al cuál utilicé para untarlo en el pan. No sabía muy bien su uso, pero el potecito no era muy grande y no me pareció que sirviera para otra cosa. Además, en la soledad de mi asiento de un Airbus A330 a 33.000 pies de altitud, la combinación me pareció genial.
Estaba yo con el pocillo de cafe en mi mano izquierda y la diestra a punto de partir en dirección a la panera, cuando repentinamente mi sentido de supervivencia se puso en alerta: ¡Para Perez!
Mis ojos reclamaron inocentemente a los presentes para qué era ese mejunje. Gentilmente y sonriendo me hicieron señas explicándome que era para poner sobre la ensalada. Mientras devolvía la sonrisa agradeciéndoles y haciéndoles cómplices de mi ignorancia y sintiendo dentro mío que el ego se ensanchaba – Bien, Perez, cómo la dibujaste. Casi te mandas una cagada, pero zafaste – vertí todo el brebaje del pocillo de cafe sobre mi plato, apoyándo luego el objeto vacío sobre la mesa. Concentrado en no derramar una gota sobre el mantel al realizar la operación de humedecer toda la ensalada con el susodicho líquido, no me di cuenta del real efecto que había causado mi acción. Al momento de percibir el silencio abrumador que se había instalado en la mesa, ya el anfitrión había tomado el pocillo y se retiraba en dirección a la cocina. Al principio entendí que algo había sucedido, ¿pero qué? Oh, sorpresa, cuando lo veo volviendo con el pocillo nuevamente lleno.
La sustancia giraba en torno a la mesa de mano en mano luego de que mis compañeros de velada ponían 2 o 3 cucharaditas máximo sobre sus verdes ensaladas. Mi ego se desplomó, había bajado la guardia por vanidad y la realidad de mi ignorancia en el arte de la mesa me dio un cross a la mandíbula. Regodeándome en el triunfo de una batalla, perdí la guerra.
Se deben haber preguntado de dónde salió éste salvaje. Deben haber sentido esa mezcla de lástima, temor y odio, como aquella vez que en los jardines de la casa de Saint-Exupéry, para un evento donde proponían un encuentro con la Argentina, vi como un galo originario hacía un asado con llamas de dos metros de alto.
Los choques de civilizaciones son duros. Para evitarlos hay que estar vigilantes. Aunque estar muy atentos, siempre es poco.
Pero, ¿qué hacen los estados para solucionar esta problemática social? En Francia obligan a los extranjeros a tomar cursos de instrucción cívica para enseñarles unos valores republicanos que nadie respeta.
Así fue cómo me informé de por qué los colores de la bandera francesa (el blanco curiosamente representa la monarquía, ¿alguien me lo puede aclarar?), de la existencia de los derechos humanos (aunque existen diferencias en el concepto de humano. P.E.: los roms o gitanos, ¿son humanos?), de la división política de la Auvergne y, entre otras cosas que obviamente ya olvidé, me presentaron a la Marianne, esa señora que representa la libertad, la del gorro frigio y la bandera en alto en su mano derecha que dirige al pueblo hacia la liberación con las tetas al aire. Respecto a éste punto debo confesar el alto grado de envidia que les tengo a los franceses. Tenemos a Maradona, a Perón, a Evita, la mejor carne del mundo, el mate, el dulce de leche, podemos creernos ser los mejores en cualquier cosa, pero una mina « poniéndole el pecho » para lograr la libertad del país : eso no tenemos.
Al mismo tiempo en que el Estado francés me desasnaba e intentaba hacer de mí un hombre útil para la sociedad, los diarios mostraban cómo un montón de payasos denigraban, insultaban y sodomizaban a una sociedad desmayada y otros seres mutilados de cerebro y corazón aplaudían con fervor al rey clown.
Mi pobre cabecita de adolescente eterno no lograba comprender y se imaginaba a la Marianne perdida por las calles de la ciudad, sola, desahuciada, con sus gomas ofrendadas al mundo sin que nadie se las mire, ni concupiscente ni por curiosidad, porque sólo tienen ojos para sus pantallas hipnotizadoras.

Si une quelconque personne décide, ou doit impérieusement, aller vivre dans un pays de langue différente, la première chose qu’elle doit faire, c’est acquérir un vaste glossaire de gros mots et connaître leur usage. Ensuite, elle doit s’appliquer à prononcer correctement dans la langue correspondante des mots tels que « nourriture », « vin », « bière », « je ne comprends pas » et quelques autres. Le reste se résout avec un sourire et un tas de signes. Si cette personne a la chance d’être originaire d’un pays anglophone, hispanophone ou francophone, son chemin vers le bonheur est sans encombre : elle rencontrera toujours, jusque dans les endroits les plus reculés, quelqu’un qui a appris sa langue ou qui a de la famille de la même origine ou, au moins, semblable. Mais, si elle manie la langue allemande ou coréenne, ça commence à se compliquer. Chinois, seulement pour faire les courses dans les petits supermarchés d’Argentine. Serbe ou tchécoslovaque, mieux vaut rester à la maison ou prendre un cours de langue par correspondance.
L’étape suivante consiste à apprendre les mœurs du coin. Par exemple, si vous êtes en train de conduire une automobile dans une mignonne petite rue de France et tombez sur un feu rouge : arrêtez-vous immédiatement, n’hésitez pas une microseconde. Dans la même situation à Pergamino, regardez de tous côtés et si vous ne pressentez aucune possibilité d’existence d’un agent de l’ordre, continuez, après vous être préalablement assuré de ne pas percuter un autre véhicule. En Italie, assurez-vous de ne pas être percuté. À Avellaneda, accélérez à fond et ne vous arrêtez surtout pas.
Des situations quotidiennes à prendre en compte, comme celle que je viens d’exemplifier, il y en a des milliers. Il est important de connaître ou reconnaître les différences subtiles entre les mœurs. N’oubliez pas qu’il y a tout un monde à découvrir au-delà des limites de Puente Crucecita ou d’Enval.
Une fois, en France – voyez comme c’est bête ce que je vais vous raconter, mais comme c’est important d’être sur ses gardes – j’ai été invité à dîner chez une famille. Nous ne devions pas être plus de sept.
À un certain moment du repas, on a servi de la salade. Des feuilles de laitue sans aucun condiment. Prévoyant, j’ai regardé du coin de l’œil ce que faisaient les autres convives. Lorsque le saladier est arrivé entre mes mains, j’ai fait comme tous les autres, comme si c’était mon truc, depuis ma plus tendre enfance, de manger de l’herbe tel un lapin, museau au vent, batifolant librement à travers les vertes prairies.
J’ai mis quatre feuilles dans mon assiette et les ai méticuleusement coupées perpendiculairement. Sans même avoir eu le temps de sourciller, le maître de maison m’a pris par surprise en m’offrant une tasse à café pleine de vinaigrette, assaisonnement composé d’huile, de vinaigre et de moutarde que j’avais rencontré une fois, faisant partie du dîner d’un voyage en avion, et dont je m’étais servi pour tartiner le pain. Je ne connaissais pas très bien son utilisation, mais le petit pot n’était pas très grand et ça ne m’avait pas l’air de servir à autre chose. De plus, dans la solitude de mon fauteuil d’Airbus A330 à 33000 pieds d’altitude, cette combinaison m’avait paru géniale.
J’avais donc la tasse de café dans la main gauche, et la droite sur le point de partir en direction de la corbeille à pain, lorsque mon sens de survie s’est subitement mis sur le qui-vive : Attends Perez !
Mes yeux réclamèrent innocemment aux personnes présentes à quoi servait cette mixture. Gentiment et avec le sourire, ils me firent des signes m’expliquant que c’était pour mettre sur la salade. Tout en leur rendant le sourire, les remerciant et les rendant complices de mon ignorance, et sentant mon ego grandir en moi – Bien, Perez, comme t’as assuré. T’as failli faire une connerie, mais tu t’en es sorti – j’ai versé tout le breuvage de la tasse à café dans mon assiette, reposant ensuite l’objet vide sur la table. Concentré pour ne pas verser une goutte sur la nappe en réalisant l’opération de mouiller toute la salade avec le susdit liquide, je ne me suis pas rendu compte de l’effet réel qu’avait provoqué mon acte. Au moment où j’ai perçu le silence accablant qui s’était installé à table, l’amphitryon avait déjà pris la tasse et se retirait en direction de la cuisine. Au début, j’ai compris qu’il s’était passé quelque chose, mais quoi ? Oh, surprise, lorsque je le vois revenir avec la tasse à nouveau pleine.
La substance faisait le tour de la table, passant de mains en mains après que mes compagnons de soirée mettaient au maximum 2 ou 3 cuillerées à café sur leurs salades vertes.
Mon ego s’est effondré, j’avais relâché mon attention par vanité et la réalité de mon ignorance dans l’art de la table m’avait décroché un direct dans la mâchoire. Me délectant du triomphe d’une bataille, j’ai perdu la guerre.
Ils ont dû se demander d’où sortait ce sauvage. Ils ont dû sentir ce mélange de pitié, de peur et de haine, comme cette fois où, dans les jardins de la maison de Saint-Exupéry, lors d’un évènement proposant une rencontre avec l’Argentine, j’ai vu comment un Gaulois originaire faisait un barbecue avec des flammes de deux mètres de haut.
Les chocs de civilisations sont durs. Pour les éviter, il faut être vigilant. Bien qu’être très attentif, c’est toujours trop peu.
Mais que font les États pour apporter une solution à cette problématique sociale ? En France, ils obligent les étrangers à prendre des cours d’instruction civique pour leur apprendre des valeurs républicaines que personne ne respecte.
C’est ainsi que j’ai appris le pourquoi des couleurs du drapeau français (curieusement, le blanc représente la monarchie, est-ce que quelqu’un peut m’éclaircir cela ?), l’existence des droits de l’homme (bien qu’il existe des différences dans le concept d’homme. Ex. : les Rom ou gitans, ce sont des hommes ?), la division politique de l’Auvergne et, entre autres choses que j’ai évidemment déjà oubliées, on m’a présenté la Marianne, cette femme qui représente la liberté, celle qui porte le bonnet phrygien, lève le drapeau dans sa main droite et dirige le peuple vers la libération, les seins à l’air. Sur ce point, je dois avouer le haut degré d’envie que j’ai envers les Français. Nous avons Maradona, Perón, Evita, la meilleure viande du monde, le mate, le dulce de leche, nous pouvons croire être les meilleurs en n’importe quoi, mais une nana qui « avance le torse » pour obtenir la liberté du pays : ça, nous n’avons pas.
Alors que l’État français me désabêtissait et essayait de faire de moi un homme utile pour la société, les journaux montraient comment un tas de clowns humiliaient, insultaient et sodomisaient une société endormie, et d’autres êtres mutilés du cerveau et du coeur applaudissaient avec ferveur le roi clown.
Ma pauvre petite tête d’adolescent éternel n’arrivait pas à comprendre et imaginait la Marianne perdue dans les rues de la ville, seule, dépitée, ses nichons en offrande au monde sans que personne ne les regarde, ni concupiscent ni curieux, car ils n’ont d’yeux que pour leurs écrans hypnotiseurs.

Quizás hoy, que ya terminé mi instrucción cívica, alguien se pregunta si no hubiera sido mejor enseñarme a preparar la vinagreta.

Peut-être qu’aujourd’hui, maintenant que j’ai terminé mon instruction civique, quelqu’un se demande s’il n’aurait pas mieux valu m’apprendre à préparer la vinaigrette.