Semaine #09 : Nací al norte del sur y me malcrié al sur del centro. Je suis né au nord du Sud, et j’ai été mal élevé au sud du Centre.

A partir del Río Colorado comienza la Patagonia argentina, lo que llamamos « el Sur », y se estira unos 2500 km hasta Ushuaia en Tierra del Fuego. Mi ciudad natal, si se puede llamar así a un pueblo de un km de ancho por dos de largo, se ubica a unos 100 km al sur del Río Colorado, es decir, en la Patagonia, el Sur, pero al Norte.
Ya de purrete me mudé a Avellaneda, municipio que, separado por el afamado Riachuelo, se encuentra al sur de Capital Federal, el Centro, ese único lugar dónde Dios, que es argentino, atiende.

Avellaneda es un municipio que otrora fue industrial. Gris y maltratado como el resto de los municipios del conurbano bonaerense (Salvo la zona Norte, que es más una extensión de Capital Federal que parte de la Provincia de Buenos Aires).
En sus orígenes se la llamó Barracas al Sur, para diferenciarla de Barracas que está del lado de Capital. Ambas se denominaban así porque en esta zona se encontraban todas las barracas (o depósitos) dónde se acumulaba la lana, los cueros y otros productos que luego serían embarcados para vender al exterior.
Tanto de un lado como del otro del Riachuelo, se fueron estableciendo los inmigrantes y los emigrantes que llegaban en búsqueda de trabajo, que fueron el alimento de tantas historias, letras y fábulas sobre el tango y sus personajes.
Una ciudad de la cual, de sus barrios humildes, de sus pequeños talleres familiares y sus grandes fábricas (hoy ámbitos prácticamente desaparecidos), partió el « aluvión zoológico » para recuperar a Perón el 17 de octubre de 1946.

Avellaneda es un conjunto de barrios. Cada uno con su nombre y sus características particulares.
Yo soy de Barrio Güemes, un complejo de 23 edificios de 10 pisos correspondientes al llamado plan VEA (Vivienda económica argentina) del Banco Hipotecario Nacional, realizado donde se encontraba la Laguna del Cabezón. Barrio que, rodeado por las vías del tren que va a La Plata, la Avenida Güemes, el nuevo edificio de la Municipalidad y antiguamente por el Mercado de Hacienda, hoy Shopping, estúpidamente llamado, Alto Avellaneda, queda como una isla urbana.
Dicen que el prototipo utilizado para la construcción de los monobloks responde a las postulaciones de Le Corbusier sobre la solución a la vivienda popular. Que me perdonen, pero, ¡qué mal gusto!
Ahora se considera que el Barrio Güemes forma parte del centro activo de Avellaneda. Status que logró a partir de la llegada de sus nuevos vecinos más coloridos e importantes.
Pero antes, en la época en que caían cuatro gotas y la Avenida Güemes se inundaba de cabo a rabo y no se podía salir del barrio salvo que sea en bote o a nado, su ubicación geopolítica era más discutida.
Por cuestiones de negocios inmobiliarios o caprichos de pertenecer a otra clase social, se decía que era del centro de Avellaneda o de Quinta Galli, aunque la distancia con el centro neurálgico de la ciudad o con el barrio paquete, no ayudaba a sostener ésta infamia. Otros decían, y los documentos municipales lo confirman, que pertenecía al barrio de Crucecita, pero no era top y además, en la práctica, no eran barrios unibles. Gerli o Piñeiro quedaban muy lejos, aunque siempre aparecía un descolgado con teorías metafísicas intentando convencernos. Pero la gran duda, la discusión que siempre surgía entre los vecinos era si formaba parte de Sarandí o no. Ya que, la conexión con los otros barrios no era ágil, y, solamente cruzando la Avenida Güemes se entraba en territorio perteneciente al honorable barrio.
Sarandí, barrio poseedor de un club de fútbol campeón de primera A, Arsenal, – que, como dice mi amigo Fontana, no tiene estadio sino cancha y sus hinchas son vecinos del barrio – y, en su zona más cercana al Río de La Plata, de las quintas dónde se cosecha la vid con la cual se produce el archiconocido « vino de la costa » – un brebaje de color entre tinto y rosado, sabor dulzón y aroma indefinible, pero que para acompañar asados hechos al borde del cordón y con bastante hielo, es la mejor bebida.
De éste barrio es el Zorrito, jóven argentino, baterista, devenido percusionista de folklore, que conocí cuando ingresé al grupo de la Negra Chagra.
Inmediatamente, al entrar en contacto, nos reconocimos conciudadanos. La forma de hablar, de gesticular, la mirada profunda y el aroma a alcohol que emanaba de nuestras bocas, nos hacían hermanos de esquina. No es fácil de explicar. Años, siglos de una cultura, una forma de vivir, de respirar, de caminar, de decir: -Señora, me da dos kilos de miñoncitos, inigualable, subyacente en las profundidades del cemento avellanedesco que va mucho más lejos de cualquier comprensión racional.
No necesitábamos hablar, ni mirarnos. Percibíamos, mismo estando a grandes distancias, esa hormona que segregaba nuestro compañero y, sin palabra ni mensaje de texto que mediara, nos dirigíamos directamente al almacén o kiosquito más cercano a adquirir una botella de cerveza para saciar la sed de nuestro hermano y la nuestra.
Ésta fuerte relación de confraternidad barrial que nos hermanaba, me llevó a hacerlo partícipe de mis otras aventuras musicales.
Para la misma época en que lo conocí, estaba intentando grabar, por décima novena vez, el primer disco solista, o quizás, aunque más no sea, un demo respetable, de Laurita Peralta. Había hablado con Laura, y a pesar del resquemor a tener problemas con nuestras amigas por ser el Zorrito percusionista de la Negra y también de Sara Mamaní, estábamos de acuerdo que sería una buena idea incluirlo en la grabación.
Fui el encargado de llamarlo para invitarlo a participar y explicarle que no había presupuesto para pagarle honorarios. No interpuso ningún problema y hasta se alegró por la invitación. Así que arreglamos un horario para encontrarnos y comenzar la primer sesión de grabación.

Después del mediodía cargué la guitarra en el baúl del Gol rojo, que lamentablemente un tiempo después me chorearon, y me fui en búsqueda del muchacho. Llegué a la puerta de su casa. Una pared de unos 2,30 metros de alto, una puerta y el número, escondían una típica casa del estilo preponderante en la cuadra. Toqué el timbre y al rato escucho que alguien atraviesa chancleteando el clásico jardíncito que separa la casa de la puerta de acceso al grito de:
-¿Quién es?
– Hola, señora. Soy Daniel, vengo a buscar a… (¿digo Zorrito o digo Hernán?) Hernán (Sí, no hay nada peor que cambiarle el nombre al hijo de una madre).
– Ay, para que te lo llamo, me dice mientras abre la puerta y en dirección al interior de su hogar grita: ¡¡¡¡Hernancitoooooooooo!!!! (¿Por qué siempre el diminutivo en boca de las madres, tías y abuelas? ¡Queda tan feo cuando después ves a Hernancito aparecer: un boludón de más de 30 años! ¡Hasta pesadillas produce!).
Desde el fondo se escucha:
-Ya voy, vieja.
La madre del Zorrito me invita a pasar.
– Le agradezco, señora, pero ya nos vamos.
El Zorrito aparece en escena. Me saluda y a los gritos me dice:
-Disculpá, Perez. Estaba terminando de palanganearme las bolas. Me pongo una remerita limpia y vamos.
-Dale, te espero en el auto, contesto y giro en dirección al bólido rojo.
Transcurren unos minutos. El Zorrito entra al auto mientras yo estaba leyendo o escribiendo un mensaje en el celular.
– Bueno, Perez, ya estoy « lista », ¿vamos?, acota alegremente.
Lo miro. Me mira sonriente.
Lo miro interrogativamente. Me mira sorpresivamente sin entender que carajo le reclamo.
Lo miro inquisidoramente y le pregunto:
-Zorrito, ¿y el bombo?
-¿Qué bombo?
-El bombo, pelotudo. Para grabar. ¿O solamente vas a hacer palmas?
-Ah, no tengo bombo.
– ¿Cómo que no tenés bombo? ¿Y el que usas cuando tocamos con la Negra?
– Ese me lo presta la Sara. Pero queda en lo de la Negra.
– ¡No me podés decir que no tenés bombo! ¡Sos un percusionista!
– Tenía un bombo, Perez.
-¿Y qué hiciste?
– Lo vendí.

A continuación la partitura de « La Sarandileña », chacarera simple compuesta en el siglo XXI, dedicada a la República de Sarandí y al Zorrito.
 
 

 
 

 
 



Au fleuve Río Colorado, commence la Patagonie argentine, que nous appelons « le Sud », qui s’étend sur quelque 2500 km jusqu’à Ushuaia, en Terre de Feu. Ma ville natale, si l’on peut nommer ainsi un village d’un kilomètre de large sur deux de long, se trouve à environ 100 km au sud du Río Colorado, c’est-à-dire, en Patagonie, le Sud, mais au nord.
Gamin, j’ai déménagé à Avellaneda, commune qui, séparée par le célèbre Riachuelo, est située au sud de la capitale fédérale, le Centre, ce lieu unique où Dieu, qui est argentin, reçoit.

Avellaneda est une commune qui fut jadis industrielle. Grise et mal entretenue comme les autres communes de la banlieue de Buenos Aires (sauf la zone nord, qui est plus une extension de la capitale fédérale qu’une partie de la province de Buenos Aires).
À l’origine, elle était appelée Barracas al Sur, pour la différencier de Barracas qui est du côté de la capitale. Toutes deux étaient dénommées ainsi car c’est dans cette zone que se trouvaient tous les entrepôts (ou dépôts) où s’accumulaient la laine, les cuirs et autres produits qui étaient ensuite embarqués pour être vendus à l’étranger.
Aussi bien d’un côté que de l’autre du Riachuelo, se sont établis les immigrants et migrants qui arrivaient à la recherche de travail, et qui alimentèrent tant d’histoires, de paroles et de fables sur le tango et ses personnages.
Une ville d’où est partie, depuis ses humbles quartiers, ses petits ateliers familiaux et ses grandes usines (milieux ayant pratiquement disparu aujourd’hui), l’ « alluvion zoologique » pour récupérer Perón le 17 octobre 1946.

Avellaneda est un ensemble de quartiers. Chacun avec son nom et ses caractéristiques particulières.
Je suis du quartier Güemes, complexe de 23 édifices de 10 étages correspondants à ce qui fut appelé le plan VEA (Vivienda Económica Argentina : Logement économique argentin) de la banque Banco Hipotecario Nacional, réalisé là où se trouvait la Laguna del Cabezón. Quartier qui, entouré par les voies du train pour La Plata, l’avenue Güemes, le nouveau bâtiment de la Municipalité et anciennement par le Mercado de Hacienda (foire agricole), aujourd’hui centre commercial stupidement appelé Alto Avellaneda, ressemble à une île urbaine.
On dit que le prototype utilisé pour la construction des monoblocs répond aux hypothèses de Le Corbusier concernant la solution au logement populaire. Qu’on me pardonne, mais quel mauvais goût !
Le quartier Güemes est aujourd’hui considéré comme faisant partie du centre actif d’Avellaneda. Statut qu’il a obtenu à partir de l’arrivée de ses voisins plus colorés et importants.
Mais avant, à l’époque où lorsqu’il tombait trois gouttes, l’avenue Güemes s’inondait d’un bout à l’autre et on ne pouvait sortir du quartier autrement qu’en canot ou à la nage, sa situation géopolitique était plus discutée.
Pour des raisons d’affaires immobilières ou par caprice d’appartenir à une autre classe sociale, on disait que c’était le centre d’Avellaneda ou de Quinta Galli, bien que la distance qui le séparait du centre névralgique de la ville ou du quartier chic n’aidait pas à soutenir cette infamie. D’autres disaient, et les documents municipaux le confirment, qu’il appartenait au quartier de Crucecita, mais ce n’était pas top et de plus, dans la pratique, ce n’était pas des quartiers pouvant être unis. Gerli ou Piñeiro étaient très loin, même s’il apparaissait toujours quelque farfelu avec des théories métaphysiques qui essayait de nous convaincre. Mais le grand doute, la discussion qui surgissait toujours entre voisins, était de savoir s’il faisait partie de Sarandí ou non. Puisque la connexion avec les autres quartiers n’était pas aisée, et que c’était seulement en traversant l’avenue Güemes qu’on entrait sur le territoire appartenant à cet honorable quartier.
Sarandí, quartier détenteur d’un club de foot champion de première division, Arsenal, – qui, comme le dit mon ami Fontana, n’a pas de stade mais un terrain et ses supporters sont les voisins du quartier – et, dans sa zone la plus proche du fleuve Río de la Plata, de terrains où l’on cultive la vigne à partir de laquelle est produit le célébrissime « vin de la côte » – breuvage de couleur entre rouge et rosée, sucré et à l’arôme indéfinissable, mais qui, pour accompagner des barbecues faits sur le bord du trottoir et avec beaucoup de glaçons, est la meilleure des boissons.
C’est de ce quartier qu’est « Zorrito » (petit renard), jeune argentin, batteur, devenu percussionniste de folklore, que j’ai connu lorsque j’ai intégré le groupe de la Negra Chagra.
Immédiatement, au premier contact, nous nous sommes reconnus comme concitoyens. La manière de parler, de gesticuler, ce regard profond et cette odeur d’alcool émanant de nos bouches nous faisaient frères de rue. Ce n’est pas facile à expliquer. Des années, des siècles d’une culture, d’un mode de vie, d’une manière de respirer, de marcher, de dire : – Madame, donnez-moi deux kilos de petits pains, inégalable, sous-jacente aux profondeurs du ciment avellanedesque qui va bien au-delà de toute compréhension rationnelle.
Nous n’avions pas besoin de parler, ni de nous regarder. Nous percevions, même si une grande distance nous séparait, cette hormone sécrétée par le camarade et, sans mot ni sms médiateurs, nous nous dirigions directement vers le magasin ou petit kiosque le plus proche pour acquérir une bouteille de bière afin d’étancher la soif de notre frère et la nôtre.
Cette forte relation de fraternité de quartier qui nous rapprochait m’a conduit à le faire participer à mes autres aventures musicales.
À l’époque où je l’ai connu, j’essayais d’enregistrer, pour la dix-neuvième fois, le premier disque soliste, ou peut-être, au moins, une démo respectable, de Laurita Peralta. J’avais parlé avec Laura, et malgré la crainte d’avoir des problèmes avec nos amies puisque Zorrito était le percussionniste de la Negra et aussi de Sara Mamaní, nous étions d’accord sur le fait que ce serait une bonne idée de l’intégrer à l’enregistrement.
C’est moi qui fus chargé de l’appeler pour l’inviter à participer et de lui expliquer qu’il n’y avait pas de budget pour lui payer des honoraires. Il n’a fait aucun problème et s’est même réjoui de l’invitation.
Nous avons donc convenu d’un horaire pour nous retrouver et commencer la première séance d’enregistrement.

Après midi, j’ai mis la guitare dans le coffre de la Gol rouge, qu’on m’a malheureusement fauchée quelque temps après, et je suis parti chercher le garçon. Je suis arrivé à sa porte. Un mur d’environ 2,30 mètres de hauteur, une porte et le numéro cachaient une maison typique du style prépondérant dans le pâté de maisons. J’ai sonné et entendu immédiatement que quelqu’un traversait en sandales le classique petit jardin séparant la maison de la porte d’accès, au cri de :
– Qui c’est ?
– Bonjour, madame. Je suis Daniel, je viens chercher… ( Je dis Zorrito ou Hernán ?) Hernán (Oui, il n’y a rien de pire que de changer le nom du fils d’une mère).
– Ah, attends, je l’appelle, me dit-elle tout en ouvrant la porte, et la voilà qui crie en direction de l’intérieur de son foyer : Mon petit Hernááááááááááááán !!!! ( Pourquoi toujours ce diminutif dans les bouches des mères, tantes et grand-mères ? C’est tellement moche quand ensuite on voit le petit Hernán apparaître : un gaillard de plus de 30 ans ! Qui provoque même des cauchemars !)
Du fond, on entend :
– J’arrive, m’man.
La mère de Zorrito m’invite à entrer.
– Je vous remercie, madame, mais on part tout de suite.
Zorrito entre en scène. Il me salue et me dit en criant :
– Excuse-moi, Perez. Je terminais de me rincer les valseuses. Je mets un T-shirt propre et on y va.
– D’accord, je t’attends dans la voiture, répondis-je, me tournant en direction du bolide rouge.
Quelques minutes passent. Zorrito monte en voiture alors que je lisais ou écrivais un message sur le téléphone portable.
– Ça y est, Perez, je suis « prête », on y va ?, ajoute-t-il gaiement.
Je le regarde. Il me regarde, souriant.
Je le regarde interrogativement. Il me regarde surpris, sans comprendre ce que je peux bien lui vouloir.
Je le regarde de manière inquisitrice et lui demande :
– Zorrito, le bombo ?
– Quel bombo ?
– Le bombo, couillon. Pour enregistrer. Ou tu vas juste faire des palmas ?
– Ah, j’ai pas de bombo.
– Comment ça, t’as pas de bombo ? Et t’utilises quoi quand on joue avec la Negra ?
– Celui-là, c’est Sara qui me le prête. Mais il reste chez la Negra.
– Ne me dis pas que t’as pas de bombo ! T’es percussionniste !
– J’avais un bombo, Perez.
– Et qu’est-ce que t’en as fait ?
– Je l’ai vendu.

Voici ci-dessous la partition de « La Sarandileña », chacarera simple composée au XXIe siècle, dédiée à la République de Sarandí et à Zorrito.